Cantando bajo las balas llega al Teatre Apolo de Barcelona del 29 de septiembre al 4 de octubre de 2026 con una premisa tan incómoda como sugerente: tomar la figura del general Millán Astray y convertirla en materia de teatro satírico. No se trata de una mirada tibia ni de una reconstrucción solemne, sino de una obra que entra de lleno en el terreno de la ironía, del exceso y de la caricatura política para retratar a un personaje que se presenta a sí mismo como héroe, mártir y salvador de la patria.
Firmada por Antonio Álamo y dirigida por Asier Andueza, la propuesta se apoya en una interpretación de Ane Gabarain, ganadora de un Goya y nominada a un Emmy Internacional. Ese dato no es menor: la pieza reclama una actriz con presencia, instinto para el matiz y capacidad para sostener un texto que juega con la provocación y con la palabra como arma escénica. ¿Qué ocurre cuando la historia se cuenta desde la fanfarronería del propio protagonista? La obra responde con una mezcla de mordacidad, teatro político y una mirada afilada sobre la construcción del mito.
El planteamiento es directo y tiene filo. Entre consignas, heridas de guerra y una retórica de cruzada, Millán Astray se narra a sí mismo como un hombre entregado a la causa nacional. La sátira, precisamente, nace de ahí: de escuchar cómo se justifica, cómo se engrandece y cómo intenta convertir la violencia en épica. Y esa estrategia dramática, lejos de suavizar el retrato, lo vuelve más incómodo y más revelador.
Un personaje histórico llevado al límite
La obra se adentra en la figura del fundador de la Legión Española desde una perspectiva que no busca la neutralidad, sino la confrontación. Millán Astray aparece descrito como megalómano, narcisista y belicoso, tres rasgos que la pieza utiliza para construir una sátira en primera persona. El efecto es claro: el personaje se exhibe a sí mismo mientras el espectador percibe, detrás de cada frase, el abismo entre la autopercepción grandiosa y la realidad histórica.
Ese contraste alcanza uno de sus puntos más reconocibles en el episodio del 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, cuando se cruza con Unamuno. La obra recupera ese momento desde el pulso dialéctico y el choque de ideas, con la célebre réplica «Venceréis pero no convenceréis» como detonante de una escena cargada de tensión. A partir de ahí, el texto trabaja el enfrentamiento entre la retórica militarista y la palabra crítica, entre el culto a la muerte y la defensa de la inteligencia.
La pieza no se limita a recordar un episodio histórico. Lo utiliza para poner en cuestión la forma en que ciertos discursos se adornan de heroísmo mientras esconden violencia, intolerancia y desprecio por el pensamiento. Ahí reside una de las claves del interés de la obra: no se queda en la anécdota biográfica, sino que convierte a su protagonista en un espejo deformante de una época y de una mentalidad política.
Antonio Álamo y una escritura que no afloja
En el centro de Cantando bajo las balas está el texto de Antonio Álamo, que apuesta por una estructura verbal incisiva, muy atenta al tono y al subtexto. La obra se apoya en la primera persona para dar la palabra a quien normalmente aparece filtrado por la historiografía, el juicio moral o la memoria colectiva. Ese giro no busca absolver al personaje, sino exponerlo con sus propias armas, dejar que se explique y que, al hacerlo, se retrate.
Álamo construye así una sátira que combina el gesto grotesco con la lucidez política. La risa nace de la desmesura, pero no se queda en la superficie. Cada frase parece empujar al espectador a leer entre líneas, a reconocer la lógica de la propaganda, la exaltación de la violencia y el narcisismo del poder. ¿No es precisamente ahí donde el teatro encuentra su materia más incómoda, cuando obliga a mirar de frente aquello que la memoria preferiría simplificar?
La obra también juega con el tono de arenga, con esa manera de hablar que pretende imponer una verdad absoluta. Pero, al estar puesta en boca del propio Millán Astray, la grandilocuencia se vuelve contra él. El resultado es una pieza que no necesita subrayados porque confía en la fricción entre discurso y realidad. Y esa confianza en la palabra, en su capacidad para revelar y deformar al mismo tiempo, es uno de los mayores aciertos del montaje.