Barcelona recupera Les coses excepcionals, una comedia que mira de frente a la fragilidad sin perder el pulso del humor. En esta nueva etapa, Miki Esparbé toma el relevo en un montaje que mezcla ternura, ironía y participación del público para hablar de aquello que sostiene una vida cuando todo se tambalea.
La obra parte de una idea tan simple como poderosa: una lista de cosas que merecen la pena. A partir de ahí, Duncan Macmillan construye un relato que avanza entre la risa y el desgarro, con un tono cercano que convierte al espectador en cómplice desde el primer momento. No es un monólogo al uso ni una pieza que se limite a contar una historia desde la distancia. Aquí la escena se comparte, se completa y se contamina con lo que ocurre en la sala.
Del 4 de noviembre al 6 de diciembre, el Teatre Borràs acoge esta propuesta en catalán, pensada para mayores de 12 años. Son semanas suficientes para que el boca a oreja haga su trabajo, porque la obra tiene ese tipo de energía que crece cuando se habla de ella. ¿Qué hace que una lista de objetos, gestos y recuerdos acabe tocando algo tan íntimo? Justo ahí está su fuerza.

Una historia que convierte lo pequeño en materia escénica
Les coses excepcionals arranca con un gesto que cualquiera puede reconocer: intentar ordenar el mundo cuando algo se rompe. El protagonista, todavía niño, empieza a apuntar todo aquello que le parece digno de celebrarse, desde un helado hasta que te dejen ver la tele pasada la hora de dormir. La lista no es un capricho, sino una forma de resistir, de nombrar el placer y de agarrarse a lo cotidiano cuando la realidad pesa demasiado.
Ese punto de partida le da a la obra una mezcla muy particular de ligereza y gravedad. La emoción no llega por el golpe, sino por acumulación. Cada elemento de la lista abre una grieta distinta, y cada una de esas grietas deja entrever la relación entre memoria, pérdida y deseo de seguir adelante. Macmillan escribe desde una claridad que desarma, sin solemnidad y sin caer en el dramatismo fácil.