La XXV Mostra de Teatre d’Horta-Guinardó ya está en marcha y vuelve a reunir a compañías amateurs de distintos barrios en una cita pensada para quienes disfrutan del teatro hecho desde la cercanía y el trabajo colectivo. En esta 25ª edición participan nueve grupos, que ponen en pie diez obras repartidas por cinco escenarios del distrito, con un programa que combina miradas distintas sobre la comedia, la memoria, la crítica social y el juego escénico.

Con entrada gratuita en todas las funciones, la muestra propone un recorrido amplio por formas muy diversas de entender el teatro aficionado. Hay montajes que miran al presente con ironía, otros que se acercan a la historia o al conflicto político, y también propuestas que tiran de humor negro, monólogo o misterio para enganchar al público desde registros muy distintos.

Un festival que pone el foco en el teatro de base

La gracia de esta muestra está en su carácter coral. No se trata de una sola obra ni de una sola compañía, sino de un tejido de grupos amateurs que comparten escenario y convierten la programación en una fotografía bastante fiel de lo que se cuece en el teatro de barrio. Esa mezcla le da ritmo al conjunto y hace que cada función tenga su propio tono, sin perder la sensación de estar dentro de una misma cita cultural.

También pesa mucho la variedad de lenguajes. En la programación conviven piezas más clásicas con otras de corte contemporáneo, además de montajes que se apoyan en la sátira o en la construcción de personajes muy reconocibles. ¿Qué mejor plan para quien quiere ver cómo respira el teatro local que saltar de una propuesta a otra y comparar estilos, miradas y maneras de contar?

Las funciones que ya están en cartel

Entre las obras ya anunciadas figuran Dones que parlen, del Grup Teatre Rocaguinarda, La última urna: ¡Presidenta o Caos!, de Dones de Montbau, Votem, de los Lluïsos d’Horta, y Desaparecida, de Atabalat Teatre. A ellas se suman La Calavera de Connemara, de Foment Hortenc, Dissabte, diumenge i dilluns, BNT Gestions, Trampa per ratolins, Descontes y Hay altres coses, completando un mapa escénico muy variado.

Esa mezcla de títulos deja claro que aquí hay sitio para el humor, para el conflicto y para las historias con capas. En unas piezas manda la comedia negra, en otras el juego político o la tensión dramática, y en otras aparece el guiño al misterio o a la memoria histórica. Esa amplitud es precisamente lo que hace que la muestra funcione bien como recorrido, porque cada obra aporta una pieza distinta al conjunto.

Un recorrido por cinco escenarios del distrito

La programación se reparte entre cinco espacios escénicos del distrito, lo que ayuda a que la muestra tenga vocación de barrio y no de cita aislada. El Casal Mas Guinardó actúa como uno de los puntos de referencia del recorrido, pero la iniciativa se despliega también en otros escenarios que permiten seguir la pista a distintas compañías y públicos.

Esa distribución favorece una idea muy sencilla y muy potente: el teatro no vive encerrado en un único lugar, sino que se mueve, se comparte y se reconoce en varias salas del entorno. Y eso, en una muestra de estas características, cambia por completo la manera de asistir. No es solo ir a ver una obra; es entrar en una red de grupos, espacios y públicos que se cruzan durante semanas.

Lo que deja una edición como esta

La Mostra de Teatre d’Horta-Guinardó tiene algo de escaparate y algo de punto de encuentro. Sirve para ver el trabajo de compañías que pasan todo el año ensayando, pero también para comprobar cómo el teatro aficionado sigue teniendo un peso real cuando se le da un marco estable y compartido. En una ciudad con tanta oferta, ese tipo de programación conserva un valor propio: acerca las artes escénicas a los barrios y da visibilidad a proyectos que nacen de la constancia.

Además, la combinación de autores, temas y estilos hace que la muestra no se agote en una sola lectura. Hay piezas que invitan a reír, otras que empujan a pensar y otras que mezclan ambas cosas con bastante soltura. Esa es la mejor señal de que una programación cultural está viva: cuando no se deja encerrar en una sola etiqueta y consigue que cada función abra una puerta distinta.