Ya está en cartel No es pot saber, la comedia musical de la compañía No es pot dir que cruza memoria, humor y tensión dramática para mirar de frente a una Barcelona que cambia de piel. La propuesta se mueve entre finales de los setenta, principios de los ochenta y el presente, y lo hace con una historia familiar que sirve de hilo conductor para hablar de deseo, silencio, lucha y herencia.
Dos reporteras jóvenes estrenan programa de radio y, con él, la oportunidad profesional que llevaban tiempo esperando. El éxito de su pódcast de divulgación histórica, basado en la historia de su propia familia, las empuja a un terreno incómodo, porque lo que parecía un relato ajeno acaba tocándolas de lleno. A partir de ahí, la obra abre una grieta en la intimidad de los Rodríguez y Savalls, una familia con tres hijas cuya historia queda atravesada por la Transición y por la irrupción de la sida.
Con esa base, el montaje construye un retrato de la Barcelona precaria y contradictoria de aquellos años, pero también de la ciudad que sigue latiendo en el presente. Aparecen los marietes, las bolleres, los transformistas, las señoras de Gràcia, las dives del Paral·lel, los bares llenos de personajes peculiares y esa gente que una querría cerca cuando todo se tambalea. ¿Qué queda de una generación que empezó a organizarse contra la discriminación cuando aún mandaban los grises? La obra contesta desde la escena, sin solemnidad y con una mirada que combina ternura, herida y una buena dosis de ironía.
Una tercera temporada con pulso propio
La obra regresa con su tercera temporada y confirma el recorrido de una pieza que nació como Trabajo de Final de Grau del alumnado de Interpretación en la especialidad de Teatre Musical. Ese origen se nota en la energía del reparto y en la manera en que el montaje entiende el teatro musical como un espacio de encuentro entre generaciones, estilos y memorias distintas.
No es un musical que se limite a ilustrar una época. Lo que hace es ponerla en diálogo con el presente, con la distancia justa para mirar atrás y la cercanía suficiente para que el pasado no parezca un decorado. La Transición no aparece como una postal cerrada, sino como un momento en el que los ideales revolucionarios se agotan, la democracia se construye con contradicciones y la comunidad LGTB afronta una etapa de violencia, miedo y resistencia.
Música, escena y un reparto amplio
La parte musical sostiene buena parte del impacto de la obra. Núria Llausí, además de encargarse de la dirección y la composición, firma una partitura capaz de pasar del tono festivo a la emoción más desnuda sin romper el pulso del conjunto. Esa mezcla se integra con naturalidad en la dramaturgia de Mario Rebugent y en la dirección de Martí Torras Mayneris, que dan forma a una pieza coral donde la música no adorna, sino que empuja la historia.
El reparto está formado por Pau Cardona, Daniel Crespo, Anna Gallart, Xènia Olivella, Marina González, Mar Guarch, Laia Mestre, Fiona Salvador, Miriam Sanromà, Naís Santapau y Gala Tordera. Junto a ellos, Unai Eizaguirre aporta la música en directo y la producción musical, mientras que la escenografía, la coreografía, la iluminación, el vestuario y la fotografía de escena completan un trabajo que cuida tanto el detalle como la energía colectiva.
Fechas, horario y precio
La obra sigue en marcha en Teatre Eòlia con funciones de martes a viernes a las 20:00, sábados a las 17:00 y a las 20:00, y domingos a las 18:00. Además, el 9 de octubre hay una función especial en formato «SING ALONG», pensada para quienes quieran vivir el musical de una manera todavía más compartida.
Las entradas se mueven entre 12 y 19 euros en venta web. Con esa horquilla, la propuesta se coloca como una opción muy clara para quien busque un musical con contenido político, memoria LGTB y una mirada local que no renuncia al humor ni a la emoción.
Una memoria que sigue hablando
Más allá de su trama familiar, No es pot saber funciona como un recordatorio de que la historia reciente de la ciudad también se escribe desde los márgenes, los bares, las casas y los cuerpos que tuvieron que aprender a resistir. La obra no mira esa época desde la nostalgia, sino desde la fricción entre lo que se ganó y lo que todavía quedaba por pelear.
Esa es, quizá, su mayor virtud: convertir una historia íntima en una lectura amplia de una comunidad, de una ciudad y de una generación que no aceptó el silencio como destino. Y ahí está su fuerza, en esa mezcla de memoria y escena que sigue encontrando nuevas razones para volver a cantarse.
