L'Oliva i el terratrèmol invisible llega a Barcelona con una historia que convierte un desalojo y una mudanza forzada en una aventura de imaginación compartida. Olívia convence a su hermano pequeño, Tim, de que todo lo que les ocurre forma parte del rodaje de una película, y así transforma el miedo en juego, la incertidumbre en escenas y la pérdida en una forma de seguir adelante.
La propuesta combina stop motion artesanal con una mirada muy cercana a la infancia. Detrás hay una adaptación de La pel·lícula de la vida, de Maite Carranza, y una película que ha llamado la atención por su manera de hablar de temas duros sin perder calidez ni ternura, con una puesta en escena construida fotograma a fotograma y rodada íntegramente en Barcelona.

Una historia para mirar los cambios sin apartar la vista
En el centro de la película está una familia que intenta recomponerse cuando todo se tambalea. La madre hace lo posible por sacar adelante a los suyos, mientras los dos hermanos inventan una ficción para no dejar que la realidad les pase por encima. Esa mezcla de fragilidad y juego es la que sostiene el relato, y también la que le da su fuerza: la película habla de desahucios, de barrio nuevo y de adaptación, pero lo hace desde la imaginación de dos niños que todavía no han perdido del todo la capacidad de convertir el mundo en otra cosa.
A medida que avanzan, aparecen Vanessa, Lamin y otros vecinos que terminan formando parte de su vida casi sin que se den cuenta. Ese tejido de personajes hace que la historia gane comunidad, y que el conflicto no se quede encerrado en la casa o en la familia. ¿Qué pasa cuando un problema enorme se mira desde abajo, con ojos de niño? Aquí la respuesta no es amarga ni evasiva: es una película que se apoya en la fantasía para explicar lo difícil con claridad.
