La truita llega al Teatre Poliorama con una mezcla muy afilada de comedia y drama, y pone en el centro una comida familiar que empieza como celebración y acaba abriendo grietas mucho más profundas de lo que parece. La pareja protagonista se ha marchado al campo para abrir una panadería ecológica justo cuando se acerca la jubilación, y reúne a sus hijas, y a las parejas de estas, para festejar el cumpleaños del padre. Lo que parecía una reunión doméstica más pronto se convierte en un choque de ideas, hábitos y valores que se miran de frente sin demasiada cortesía.
La chispa salta cuando la hija mediana aparece con una trucha y se niega a comer la carne que ha preparado su madre. A partir de ahí, la conversación gira en torno a las convicciones, a la forma en que se defienden y a la incomodidad que generan cuando chocan con los demás. ¿Hasta qué punto se puede sostener una idea si hiere a quienes tienes delante? ¿Y qué queda de una familia cuando cada gesto cotidiano se convierte en una prueba de fondo?
Firmada por Baptiste Amann y dirigida por Ferran Utzet, la obra avanza con una estructura muy marcada en tres partes, como si cada plato del almuerzo destapara una capa distinta de lo que allí se está jugando. Amor, comida, muerte, generaciones, comunidad y actualidad se cruzan en un texto que observa a quienes suelen quedar fuera de foco, esos personajes que parecen pensar el mundo pero rara vez consiguen representarse en él. El resultado es un retrato incómodo, lúcido y muy contemporáneo, sostenido por un reparto de primer nivel.

Un almuerzo que se convierte en campo de batalla
En La truita, lo doméstico no sirve como refugio, sino como detonante. La comida compartida, que en otras historias funciona como ritual de cohesión, aquí saca a la superficie el resentimiento acumulado, la diferencia de miradas entre generaciones y la tensión entre lo que una familia dice de sí misma y lo que realmente soporta. La obra trabaja esa fricción con una ironía precisa y con una mirada que no suaviza el conflicto, aunque tampoco lo reduce a una simple pelea de mesa.
Hay algo muy reconocible en ese encuentro entre padres, hijas y yernos, pero el texto evita quedarse en el mero costumbrismo. Lo que plantea es más incómodo: cómo se heredan los valores, qué pasa cuando se cuestionan y de qué manera la buena voluntad puede transformarse en una forma de violencia cuando se impone sobre los demás. La comida, el cumpleaños y la supuesta celebración funcionan entonces como excusa para hablar de vínculos, de poder y de la dificultad de convivir con las certezas ajenas.
Un reparto pensado para el choque de generaciones
La propuesta descansa sobre un elenco muy sólido, con Emma Vilarasau y Jordi Boixaderas al frente, acompañados por Sara Espígul, Miranda Gas, Júlia Bonjoch, Arnau Puig, Marc Bosch y Tai Fati. La obra reparte el peso dramático entre todas las piezas de la familia y les da espacio para que cada una deje ver su propia manera de entender el mundo. Esa coralidad le sienta bien al texto, porque el conflicto no depende de un único enfrentamiento, sino de una suma de pequeñas tensiones que se van cruzando.
También ayudan mucho los trabajos de traducción de Carles Batlle y la dirección de Ferran Utzet, que llevan el material hacia un terreno donde conviven lo teatral, lo íntimo y lo extraño. La pieza se mueve entre momentos de conversación muy afilada y otros más abiertos, con monólogos que permiten asomarse a la parte más vulnerable o más contradictoria de cada personaje. Esa combinación hace que la función no se limite a una discusión familiar, sino que vaya mucho más allá de la anécdota del almuerzo.
Lo que propone Baptiste Amann
Baptiste Amann construye aquí una obra sobre quienes pasan desapercibidos, sobre personas que intentan pensar su lugar en el mundo y acaban atrapadas en la sensación de no estar nunca del todo dentro. Esa idea atraviesa el texto con una claridad notable y explica por qué la pieza habla de temas tan amplios sin perder el anclaje concreto en una familia concreta. La comida, el cuerpo, la herencia, la muerte o la pertenencia aparecen entrelazados con una naturalidad que le da al conjunto una fuerza muy particular.
No se trata solo de una historia sobre padres e hijas, sino de una reflexión sobre la manera en que se transmite una visión del mundo y sobre el coste que tiene sostenerla. La estructura en tres tiempos refuerza esa lectura y ordena la progresión del conflicto con una lógica casi gastronómica, pero también muy teatral. En ese recorrido, La truita deja espacio para la incomodidad, para el humor y para una sensación persistente de que bajo la superficie de cualquier comida familiar hay mucho más de lo que se dice en voz alta.
El montaje sigue en cartel en Barcelona y mantiene abiertas varias funciones en el calendario del Teatre Poliorama. Es una de esas obras que miran de frente al presente sin necesidad de grandes artificios, y que convierten una mesa puesta en un espejo bastante poco complaciente. A veces basta con una comida para entender que las grandes discusiones no llegan de fuera, sino que ya estaban servidas antes de sentarse.