Humor para hablar de lo que más cuesta nombrar
En escena, Masferrer defiende que se puede hacer comedia con la muerte sin frivolizar. La clave está en no señalar a nadie en particular, sino en recordar que todos compartimos el mismo destino. Esa perspectiva le da al texto una libertad especial, porque el humor no esquiva el tema central, sino que lo hace más digerible y, precisamente por eso, más incisivo.
El resultado es un personaje que aprovecha la situación para sacar a la luz sus contradicciones, sus urgencias y también sus pequeñas trampas. La risa funciona aquí como una forma de ordenar el miedo, como esa maionesa que lo liga todo y que permite hablar de lo trascendental sin ponerse solemne. ¿Qué otra cosa puede hacer el teatro cuando se acerca a una pregunta tan universal?
Un Quim Masferrer más actor y menos improvisador
Después de una etapa muy ligada al contacto directo con el público, Temps le devuelve a Masferrer una faceta interpretativa más dura, más solitaria y más concentrada en el texto. El contraste es evidente con su trabajo en Bona gent, donde la improvisación y la conversación con el público son el motor principal. Aquí, en cambio, la escena se sostiene sobre un personaje ficticio y sobre una estructura dramática más cerrada.
Esa diferencia también explica parte del interés del montaje. Masferrer se mueve entre dos registros muy distintos, uno más comunicativo y otro más teatral, y en Temps apuesta de nuevo por este segundo. La obra le permite recuperar una manera de actuar que conecta con sus inicios y que, con el paso de los años, gana matices a la vista de todo lo que ha vivido sobre los escenarios.
La función de la comedia en una historia sobre la muerte
La obra no pretende aleccionar ni convertir el escenario en una lección moral. Lo que hace es contar una historia y dejar que el público salga de ella con una pregunta clavada en la cabeza. En esa decisión hay una confianza clara en la comedia como herramienta para pensar, no como escapatoria ligera.
Masferrer lo expresa con una idea muy nítida: la cultura alimenta, y el teatro también. Reír no rebaja el asunto, lo afina, porque obliga a mirar de frente aquello que todos compartimos. Y quizá por eso Temps funciona como una pieza que desarma sin necesidad de levantar la voz, apoyándose en una premisa tan sencilla como incómoda y en una ironía que no pierde de vista la vida mientras habla de su final.
Un plan para mirar el presente con otra distancia
Temps sigue en marcha en Barcelona y ofrece una cita para quienes buscan un teatro que no se quede solo en la anécdota. La obra trabaja con una idea muy reconocible, la del tiempo que se escapa, pero no lo hace desde el dramatismo puro, sino desde una mezcla de ingenio y lucidez que deja espacio para la risa y también para el golpe seco.
En un panorama en el que abundan las propuestas que piden velocidad, este montaje se detiene justo en lo contrario: en lo que pesa, en lo que se aplaza y en lo que al final nos une a todos. Pocas premisas son tan sencillas y tan fértiles como esa cuenta atrás de 90 minutos, y ahí está buena parte de la fuerza de la obra, en convertir una pregunta imposible en un espejo bastante reconocible.